Lo siento por ti joven

Hace un par de días me llegó a carta una casa del banco. No suelo recibir muchas últimamente, más que nada porque es poco (por no decir ninguno) el dinero que entra o sale de mi cuenta. Desde que terminé la carrera, y como más de la mitad de los jóvenes de España, son incontables los currículos que he enviado sin obtener respuesta satisfactoria. Es triste e irónico, pero tenía más dinero y trabajo cuando estudiaba la licenciatura que ahora que tengo ésta y unos cuantos másters, así que las entidades bancarias suelen dejarme relativamente en paz.

El caso es que en la carta el banco se ponía en contacto conmigo para informarme de que, después de mi próximo 26 cumpleaños dejaré de ser joven y empezarán a cobrarme una cuota trimestral a no ser que domicilie mi nómina. Nómina… Hacía tanto que no oía esa palabra que casi tuve que ir al diccionario para buscar su significado, pero entonces recordé que era eso que antes tenía todos los meses, cuando dejaba que me explotasen por la esperanza de un futuro mejor.

Evidentemente no tengo ninguna nómina ni trabajo, así que hoy me acerqué al banco para ver si era capaz de entenderme con aquellos señores de traje y corbata que estaban detrás de un mostrador. Les expliqué que, aunque ellos dejen de considerarme joven, sigo estando en paro y dependiendo de mis padres más que cuando tenía dieciséis años. También que, aunque a los 26 ya no pueda tener una cuenta joven, sí que tengo una tarjeta de crédito joven con ellos y que me permiten tenerla hasta los 30 años (es decir, que los de la tarjeta siguen pensando en mí como en una joven). Parecerá una tontería, pero quería mantener abierta una cuenta que mis padres me abrieron tanto tiempo atrás, al poco de nacer.

jovenSin embargo, ninguno de mis argumentos resultaron efectivos. Después de un largo rato de conversación, todo lo que obtuve del empleado de la entidad fue una sonrisa, aderezada con un “lo siento joven, pero es lo que hay”. Y no tuve nada más que añadir. De esta forma, con una simple pero relevante frase, mi banco y yo terminábamos una relación de más de un cuarto de siglo. No es que fuera elevada la cuota que debía pagar, pero en mi situación cualquier cantidad es significativa. Además, se trata de una cuestión de principios. ¿Tengo que pagar al banco por tener mi dinero con ellos? ¿He de pagarles para que negocien con MI dinero porque no tengo domiciliada una nómina con ellos? Lo siento, pero me niego. Bastantes atropellos tenemos que asumir día tras día con resignación como para conformarme con uno más, por muy pequeño que éste sea.

Al margen de lo anecdótica que pueda resultar la historia, reconozco que ésta y la cercanía de mi próximo cumpleaños me dan qué pensar. Siempre imaginé que cuando cumpliera 26 años tendría cierta estabilidad, que podría desarrollarme profesionalmente en un ambiente en el que me sintiera realizada y viviría independiente, entre otras cuestiones. Pero, como dice cierta canción “lo peor es que pasa el tiempo y no he mejorado ni mucho”; sino, más bien todo lo contrario.

Como tantos otros de mi generación, me creí el cuento de que si me esforzaba mucho algún día llegaría a ser lo que quisiera. Escuché tantas veces la fábula de La cigarra y la hormiga que interioricé a pies juntillas su moraleja. La sociedad, no sólo mis padres, también mis maestros y mi entorno más cercano, me convencieron de que las noches en vela  por los exámenes, los trabajos a tiempo parcial o los viajes al extranjero (que en ocasiones mostraron su cara más amarga) se verían recompensados, por lo que siempre tenía que intentar ser la mejor. Sin embargo, los años han pasado y ahora mismo todo lo que queda es la quimera de lo que un día fue una ilusión.

Así que, en un día como hoy sólo puedo pensar y compartir las palabras de aquel empleado de banco: “lo siento por ti (por nosotros) joven”. Y no porque sea “lo que hay”, como éste decía, sino porque un día decidiste (decidimos) tener el atrevimiento de soñar.

Saludos desde este lado del cristal.

Soy mujer, no me felicites

Soy mujer, pero no me felicites hoy. Al menos no por ser el día de la mujer trabajadora, ya que no creo que haya nada especial en eso. ¿O acaso celebramos el día del hombre trabajador? No, no lo hacemos. Igualmente te sorprenderías si alguien te felicitara por tu “no cumpleaños” (a no ser que sepas que sufre algún tipo de trastorno mental o se crea un personaje de Alicia en el País de las Maravillas), ¿o me equivoco? Los festejos tienen sentido cuando son por razones extraordinarias y el que las mujeres trabajen, bajo mi punto de vista, no es una de ellas.

Está bien, habrá quien me diga que las mujeres, a diferencia de los hombres, han tenido que luchar por sus derechos, incluyendo el de trabajar, porque durante siglos han estado sometidas al yugo patriarcal. Este argumento era (y sigue siendo) uno de los favoritos de mis queridas feministas extremas, aquéllas con las que tiempo atrás (en los años en los que me tocaba escribir sobre igualdad y género) debatía apasionadamente, me temo que sin mucho éxito.

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Ojo, que nadie me malinterprete: soy feminista como la que más. Creo que hombres y mujeres somos iguales y como tales debemos tener los mismos derechos, pero en lo que no creo es que éstos tengan que ser defendidos haciendo que un grupo (en este caso el de la mujer) se sitúe por encima de otro. Los extremos nunca son buenos y menos cuando van dirigidos a generar desigualdades, aunque sea para “acabar” con un desequilibrio previo.

Pero volviendo a lo que decía, ¿en serio creéis que las mujeres no trabajábamos antes de la revolución feminista? ¡Por favor! ¡Las mujeres no hemos hecho otra cosa más que trabajar desde tiempos inmemoriales, ya sea dentro o fuera de casa! ¿O pensáis que los hijos se crían solos, la comida se hace por arte de magia y los cristales se limpian a sí mismos (trabajos tradicionalmente atribuidos al sector femenino)? Pero si queréis vamos más allá, fuera de las paredes del ámbito doméstico las mujeres han cultivado el campo como cualquier otro hombre, han cuidado animales o se han dedicado a la vendimia sin importar su género, por citar sólo algunos ejemplos.

Ahora habrá quien me replique que estos trabajos no son tales porque se realizan en el seno familiar. Bueno, para mí el sudor es el mismo, sea o no sin remunerar. O puede que haya incluso quien afirme que lo importante es que a la mujer se le permita trabajar sin supervisión del padre o del marido. Es cierto que es significativo, pero en pleno siglo XXI, ¿no deberíamos haber superado esta justificación? Además, el 8 de marzo se celebra el “Día de la mujer trabajadora”, sin más, no el “Día de la mujer trabajadora fuera del hogar”.

Como mencionaba, hombres y mujeres somos iguales en derechos, capacidades y libertades. Yo no me considero inferior o superior a ninguna otra persona del sexo opuesto, ni quiero que nadie me haga sentir tal.

Del mismo modo que deberíamos preocuparnos cuando sólo aparezcan buenas noticias en los medios de comunicación, ya que representará que (siguiendo los criterios noticiosos) lo malo abunda y la parte amable de la vida es la excepción; el hecho de que hoy celebremos el día de la mujer trabajadora da, como poco, que pensar. Su festejo significa que la sociedad no ve con normalidad que las mujeres trabajemos, que aunque no seamos discriminadas ante la ley sí lo somos de facto, que la lucha de todos estos años apenas ha dado fruto porque el trabajo de la mujer no es ordinario. Personalmente me niego a creer esto, al menos no que sea así en la España de aquí y ahora, con el año 2013 ya avanzado. Tenemos cosas malas, pero no creo que lleguemos a tanto.

Así que, por eso, porque soy mujer y estoy orgullosa de serlo, te pido que hoy no me felicites. Para mí todos los días del año son 8 de marzo.

Saludos desde este lado del cristal.

Ver, oír y callar

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Hace poco he tenido un enfrentamiento con una autoridad académica bastante desagradable, no me importa reconocerlo. No diré quién, ni por qué, ni cómo, ni dónde, ni cuándo: las tradicionales cinco W del periodismo. Tampoco quién de los dos tenía razón. Los detalles no importan y, aunque lo hicieran, no seré yo quien les dé publicidad, por muy conocida que pueda ser la otra parte.

Lo relevante de la historia y lo que me impulsa a escribir estas líneas es en verdad la actitud de los asistentes a dicho acontecimiento. Nadie dijo nada. Bueno, para ser justa, deberías decir casi nadie. El caso es que, pese a que la gran mayoría de las personas que ahí estaban comparten mi opinión, pocos se atrevieron a alzar la voz para decir lo contrario. Es cierto que posteriormente he recibido innumerables y apreciables muestras de apoyo – también es justo reconocerlo-, pero no deja de ser significativo que en el momento de la verdad fueran escasas las manifestaciones públicas del mismo. Y esto, con independencia de que se trate de mi persona, me da qué pensar.

Nos hemos convertido en una sociedad del ‘ver, oír y callar’, en la que sólo nos movemos cuando están en juego los intereses individuales. El miedo, la comodidad, e incluso la resignación en muchos casos, ata a las personas a sus asientos y les impide actuar. Todos, el que más y el que menos, terminanos mirando hacia otro lado. No importa si tienen o no razón, si es justo o injusto lo que sucede, el resultado es el mismo: no se hace nada. Incluso en los supuestos en los que hay quienes se atreven a ir contra la norma establecida por defender nuestros propios intereses, los de la mayoría, damos la callada por respuesta.

Es a esto a los que nos enseñan desde pequeños, a no hacer nada. A sentarnos delante de un televisor a ver programas prefabricados que eviten que pensemos o que podamos generar pensamientos críticos que puedan resultar incómodos a aquéllos que alcanzan una posición de poder. Nos dicen que debemos sumisión y respeto a aquéllos que tienen una posición destacada, que no cuestionemos sus palabras, ya que por algo habrán alcanzado ese rango de ‘superioridad’. Pero, ¿es esto cierto? Para mí el respeto no es una cuestión de estatus, sino una deferencia que se gana día a día y empieza por respetar al prójimo.

“Mejor cállate, que no va contigo”. ¿Cuántas veces oímos esta frase a lo largo de nuestras vidas?¿En cuántas ocasiones la aceptamos sin oponernos a ella? No importa qué suceda a tu lado, si no te afecta directamente, todos te darán el mismo consejo: no te metas. Y así, siguiendo esta máxima, anestesiamos nuestras mentes y hacemos oídos sordos a cuanto ocurre a nuestro alrededor porque “no va con nosotros”.

No obstante, ¿en verdad no nos afecta? ¿No nos incumbe la calidad de la sociedad en la que vivimos, que estamos creando? ¿No es relevante para nosotros sumirnos, consciente o inconscientemente, en un ambiente de resignación y aceptación generalizada? Yo creo que sí y mucho. Es así cómo los políticos hacen y deshacen a su antojo sin que nadie se atreva a contradecirles, sin que se levanten voces críticas contra ellos. Es por ello por lo que consentimos cuestiones que a priori pueden parecer anecdóticas, como el hecho de que la educación y la sanidad se estén poniendo al alcance de los más pudientes. O es por ello que el ser humano ha asistido y aceptado las mayores atrocidades de la Historia.

En días como hoy me viene a la mente una pequeña historia de la II Guerra Mundial, del pastor luterano alemán Martin Niemöller. Hay muchas versiones del relato, pero todas ellas dan qué pensar:

Vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por los estudiantes, y yo no me preocupe, pues era parte del sistema.

Luego vinieron por los maestros, y me quedé tranquilo, pues disfrutaba de mi ignorancia.

Luego vinieron por los campesinos, los indios, los maestros…

Luego vinieron por los obreros y los campesinos, y me quedé tranquilo en mi casa porque pensaba que se lo merecían por revoltosos y conflictivos.

Luego vinieron por los indios y yo no quise saber nada, porque soy blanco y no conozco sus dialectos.

Luego vinieron por las mujeres y yo actué con indiferencia, pues soy un hombre

Luego vinieron por los periodistas, y yo me quedé callado, pues no me interesaba enterarme de nada.

Luego vinieron por los homosexuales y yo ni siquiera quise enterarme, pues soy heterosexual.

Luego vinieron por los negros, pero como soy blanco, tampoco hice nada.

Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie al que le importara ni que quisiera  hacer nada por mí.

Saludos desde este lado del cristal.

Érase una vez… Un país con sentido común

En esta ocasión pensaba hablar sobre la subida de tarifas del transporte público en Madrid; o mejor dicho, de su sinsentido. Para aquéllos que no lo sepáis, nuestros ‘queridos’ políticos decidieron que los bonos mensuales que usamos el 67% de los usuarios deben equipararse al IPC el próximo mes de febrero.  A su parecer el hecho de que el coste de vida aumentara un 2,9% el año pasado hace necesario que el precio de este servicio público deba ser mayor, según ellos para asumir los elevados costes de energía. La solución, a su parecer, consiste en subir un 4,6% los bonos mensuales. Lo que no mencionan los representantes de nuestra administración pública es que el transporte en la ciudad, el medio más utilizado para moverse, ha aumentado cerca de un 15% en menos de un año, cinco veces el IPC. Tampoco que los salarios, prácticamente congelados, son de los más bajos de Europa – algo de lo que ya hablamos en otra ocasión – ; ni que el servicio en su conjunto es cada vez peor, reduciendo la frecuencia de trenes en el metro hasta en un 50%. Menos por más, un 15% frente a un 3%… No soy muy buena en matemáticas, pero, al menos a mí, las cuentas no me salen.

Pero empezaba la entrada diciendo que “pensaba hablar”, en pasado. Y eso es porque hay otra noticia que ha llamado mucho más la atención esta semana. Al fin y al cabo, aunque sea triste reconocerlo, la sinvergüenza de nuestros políticos, así como la corrupción en este país no son ya ninguna novedad. Día tras día, nos levantamos con alguna información  en la que aparecen las palabras ‘prevaricación’, ‘fraude a Hacienda’ o ‘blanqueo de capitales’; en un momento en el que el país, literalmente, se hunde. Y la gente, también desgraciadamente, parece haberse acostumbrado a ello.

Me gustaría centrarme en el caso de Amy  Martin, del que estoy segura que todavía nos queda mucho por oír hablar. Tras este nombre se escondían la cineasta Irene Zoe Alameda y su marido, el socialista Carlos Mulas. Hasta esta semana, el destituido Mulas era el presidente de la fundación IDEAS,  un think tank que trabaja en torno a las ideas y propuestas políticas del PSOE; aunque, eso sí, con fondos públicos. Entre 2010 y 2011 el dirigente pagó cerca de 60.000 euros a este pseudónimo que (supuestamente desde Estados Unidos) escribía artículos de temática variada para la organización, hasta 3.000 euros por texto.

La propia artista reconoció en un comunicado que ella era Amy Martin y aseguró que su marido no tenía nada que ver. Algo difícil de creer cuando, ante las sospechas levantadas, éste llegó a asegurar que conocía a Martin, tenía su teléfono móvil y se habían visto en una ocasión. También afirmaba que su marido era inocente, no conocía su identidad porque llevaban mucho tiempo separados y que, puesto que el dinero percibido era por sus escritos, aunque elevado, éste no era ilegal. Pero vecinos de la pareja aseguran que no es cierto que estén físicamente distanciados. Y algo más, el icono representativo de la escritora fantasma, que podéis ver abajo junto a la imagen de Mulas, era un diseño registrado a nombre de Irene. ¿Se puede intentar estafar de forma más cutre?

Mulas

Pero la historia no queda aquí, cuanto más sabemos de este peculiar matrimonio, más inverosímil parece que nadie supiera de sus hazañas y, si  me permitís la expresión, que hayan podido vagar durante tanto tiempo a sus anchas. Irene Zoe Alameda, a la que no pretendo darle más protagonismo del necesario, ha cobrado hasta 122.000 euros en subvenciones para cortos y llegado a percibir dos ayudas para una misma obra en diferentes años. Además, aunque no duró ni un año en el cargo por su nefasta gestión, fue nombrada directora del Instituto Cervantes de Estocolmo sin que nadie la conociera y percibiendo cerca de 100.000 euros por su trabajo. Un puesto estratégico para España, que raramente se le concede a jóvenes desconocidos, por tratarse de la ciudad en la que se deciden los premios Nobel y por el que se suele cobrar unos 90.000 euros.

Obviamente no hay nada como tener amigos y contactos. Pero, aunque no sea ilegal, tal y como afirma el alter ego de Amy Martin, alguien debería explicarle a esta mujer – que tanto presume de escribir – que legalidad y moralidad no son sinónimo; sobre todo cuando los ingresos se obtienen de fondos públicos, en un momento en el que el Estado no tiene ni para pagar la sanidad a sus ciudadanos.

En estos días he oído a muchos expertos y columnistas decir que 3.000 euros por artículo (lo que viene siendo unos 0,16 euros por carácter) es un despropósito; ya que lo normal es percibir cerca de 400 euros por escrito. Reconozco, y llevándolo a un plano más personal, que tal revelación me ha hecho plantearme muchas cosas. ¡Y pensar que yo era feliz cobrando 50 euros por texto cuando hay gente que ve más de dos cifras en su nómina por ello! No sólo eso, ¡y pensar que hasta llegué a plantearme vender mis trabajos por 0,10 euros! Está claro, le pido muy poco a la vida.

Saludos desde este lado del cristal.

Volver a casa por Navidad

En estos días, envueltos por el espíritu entrañable y de felicidad obligada – ¿o debería decir impuesta? –  que inunda el ambiente, me acuerdo más que nunca de la melodía de un anuncio de turrón que dice “vuelve, a casa vuelve por Navidad” (pinchad en la cita para oírla).

Y es que, con una cifra de desempleo del 25%, reflejada en el gráfico, no es raro que gran parte de los españoles se encuentren en el extranjero. 25%, dicho así quizá pueda parecer poca cosa, pero en realidad se trata de la cifra más alta desde 1976, representa que una de cada cuatro personas con edad y voluntad de trabajar no pueden hacerlo, casi seis millones. Un porcentaje que se amplía en el caso de los más jóvenes, llegando a alcanzar el 50%, y que hace comprensible que estos días la canción publicitaria ronde mi mente. De acuerdo con un barómetro del CIS de febrero de ese año, el 48% de los españoles dice estar dispuesto a mudarse a otro país, dato que contrasta con el 30% de los suecos o el 35% de los alemanes.

desempleo

Gran parte de mis amigos han optado por la vía de la emigración en este último año. ¿Emigración? Perdón, debía de haber dicho exilio porque no podemos hablar de emigración cuando tu propio país te echa. Y si no me creéis u os parece que exagero  preguntadle a cualquiera de los jóvenes que estos días “vuelve a casa por Navidad”. La mayor parte de ellos os dirán lo mismo que yo, que no se fueron porque quisieron, sino porque les obligaron, porque después de muchos años de sacrificio y esfuerzo el extranjero era la única opción que les quedaba. No porque nuestra generación sea una suerte de Willy Fog, tal y como algún desafortunado ministro – cuyo nombre no quiero recordar – se ha empeñado en afirmar, sino porque aquí parecen haberse agotado las opciones. No somos más aventureros que los jóvenes de otros países, que no os intenten convencer de lo contrario. Si quieres aventura te vas unos meses fuera para vivir una experiencia única y diferente, no por un tiempo indefinido, sin saber cuándo ni cómo vas a regresar, con una mano delante y otra detrás.

Leyendo los blogs y los estados en las redes sociales de aquéllos que se marchan pudiera parecer que la realidad es otra diferente y todo es Jauja, si me permitís la expresión. Fiestas hasta altas horas de la mañana, cenas multiculturales, divertidas anécdotas… De cara a la red son triunfadores dispuestos a comerse el mundo. Lo que no cuentan en estos espacios, pero sí en su vuelta a casa por las vacaciones, es que en muchos casos es el mundo el que termina por comérselos. La experiencia multiétnica se traduce en que deben compartir habitación y piso con varios desconocidos de otras culturas; ya que sus múltiples trabajos malpagados, que les obligan a trabajar entre 10 y 12 horas diarias los seis días de la semana, no alcanzan para mucho más. No hablan de la soledad, ni de la frustración que sienten por, pese a tener varias carreras y hablar más de un idioma, no poder optar trabajar más allá del sector servicios. Y no lo hacen por vergüenza, porque les da miedo que los que les rodean – en especial su familia – piensen que han fracasado.

Aquí apenas se habla de ello tampoco y muchos sectores de la sociedad y de los medios de comunicación siguen perpetuando el estereotipo de jóvenes aventureros que hacen las maletas para vivir una experiencia diferente. Tampoco se menciona que la natalidad en España acumula ya tres años consecutivos de descensos, tras registrar una caída del 3,5% en 2011, ni de las consecuencias que tiene que las personas en edad fértil se vayan del país. Sirva de ejemplo el último anuncio de Campofrío (pinchad para verlo) en el que  se encuentra algo positivo en el hecho de que España exporte la generación más preparada de la historia. En él se asegura que éstos volverán, ¿pero realmente lo harán? ¿Cómo pueden estar tan seguros de ello?

En estos días nuestros gobernantes, así como los líderes de la Unión Europea, están preocupados por retrasar la edad de jubilación (algunos hablan de hasta los 70 años) porque afirman que el actual sistema de la seguridad social no es sostenible. Es cierto, no lo es y no voy a ser yo quien diga lo contrario. Sin embargo, no dejo de preguntarme, en vez de retrasar la edad de jubilación, ¿no es mejor ocuparse de generar puestos de trabajo? ¿Por qué no intentan sumar cotizantes que garanticen el sistema de pensiones y el de la seguridad social?

Algo grave está pasando con los jóvenes (con nosotros) en España en la actualidad y por mucho que pretendan arreglarlo ‘luego’, ese luego quizá sea demasiado tarde.

Saludos desde este lado del cristal.

Prohibido rendirse

Decir que las cosas están mal no es ninguna novedad. Por todos es sabido que vivimos inmersos en una grave crisis, no sólo económica sino – y lo que es más grave – también moral y de principios. Nada es lo que era y la sociedad parece avanzar con rumbo incierto hacia un futuro desconocido.

No es extraño encontrarse a jóvenes que, desesperanzados, han perdido la ilusión y piensan que la suerte nunca se pondrá de su lado. Es comprensible con un desempleo que alcanza aproximadamente al 50% de los menores de 25 años – digo aproximadamente porque, lamentablemente, las cifras aumentan día tras día, convirtiendo en inútil todo dato que pueda aportar – y con unas nuevas tasas universitarias que han hecho que estudiar sea un lujo al alcance de unos pocos. Reconozco que yo misma me he sentido así, impotente, en muchas ocasiones. Cuando son pocas las puertas que se abren lo fácil es dejarse llevar por el desánimo y no querer llamar a otras nuevas. Es triste. Sobre todo porque es ahora, en el momento de máximo esplendor de nuestras vidas, en la edad en la que parece que aún se nos permite soñar, cuando más proyectos e ilusiones deberíamos tener en mente.

Y por eso mismo, porque es NUESTRO momento, al menos yo me niego a rendirme. No estoy dispuesta a que el desánimo venza la batalla. No quiero creer en esta vida todo tenga un precio, que lo único importante sea el dinero o que sólo sus dueños posean derechos, separando así en dos categorías a los ciudadanos. No pienso hacerlo, del mismo modo en que no voy a permitir que me convenzan de que el esfuerzo no vale la pena.

“¿Estás estudiando? ¿Para qué, si no te va a servir de nada? Ahora quieren gente que no tenga muchos

estudios para no pagarles tanto o para asegurarse de que no se van.”

Es normal oír este tipo de expresiones en casi todos los lugares y contextos, pero me niego a creerlas, a pensar que nos hemos convertido en una sociedad tan mediocre como para que los estudios y el conocimiento sean un handicap en el currículum. Porque entonces significaría que hay poco o nada que hacer aquí, que la sociedad española en su conjunto no merece la pena y que es verdad que las decisiones erróneas de una minoría representan a la mayoría del país. Y al menos, hoy por hoy, sé que esto no es cierto.

Quizá las cosas estén difíciles, pero difíciles no quieren decir imposibles. Por eso, me niego a creer que no se pueda cambiar la situación actual. Y por eso no voy a permitir que nadie me haga pensar lo contrario.

Llamadme utópica si queréis, pero sólo arrebatándonos nuestras esperanzas podrán apropiarse de nuestras vidas, de nuestras ilusiones y de nuestro futuro.

Saludos desde este lado del cristal.

Érase una vez… Un país con sanidad pública (II)

Había una vez un reino en el que todos los súbditos, desde el más rico hasta el más pobre podían enfermar. Y podían hacerlo porque sabían que el cualquier rincón de ese hermoso lugar había un sanador lo suficientemente formado y hábil como para dar cura a su mal. No en balde, los ciudadanos y ciudadanas habían trabajado arduo durante mucho tiempo, pagando sus impuestos para que aquello fuera una realidad. Así, tras largo tiempo de luchas y sacrificios, los Estados vecinos se asombraban de cómo en el reino de España todos sus habitantes contaban con la misma atención médica que su Majestad.

Sí queridos amigos,  ya estoy empezando a pensar en cómo les contaré algún día a mis hijos y sobrinos la historia de que en nuestro país hubo un tiempo en el que la sanidad era una cuestión pública y no sólo de unos pocos afortunados. Explicarles cómo de pronto ésta se convirtió en el privilegio de los más ricos, contraviniendo artículos constitucionales tan fundamentales como el del derecho a la vida o el de la dignad de las personas, creo que es algo que me costará; así que, más vale que comience pronto a preparar el incomprensible relato.

Sin embargo, puede que aún no esté todo perdido y que en el cuento todavía estemos a tiempo de incluir algún que otro héroe y heroína. Ciudadanos anónimos que salen a la calle para protestar, pero también – y he aquí la novedad – médicos que luchan contra el golpe de Estado a la sanidad pública.

En Madrid esta semana ha ocurrido algo sin precedentes. Por primera vez los sanitarios irán a la huelga indefinida a finales del mes de noviembre, para protestar contra las medidas anunciadas por el ejecutivo regional de Ignacio González y mostrando su absoluto rechazo hacia éstas. La recientemente creada Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (AFEM) votaban a favor de la iniciativa el pasado miércoles.

En la nota presentada a los medios, AFEM aseguraba que las reformas anunciadas “pretenden desmantelar la sanidad pública madrileña”, afectando “directamente a la atención sanitaria de cerca de 1,3 millones de ciudadanos y a la situación laboral de unos 8.000 profesionales”. Además, el presidente de la entidad afirmaba, en la asamblea convocada para tratar el asunto, que “la situación es tan dramática que o hacemos algo, o dentro de unos años no tendremos sanidad pública para nuestros hijos o mayores”.

Además, ese mismo día la Junta Directiva del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid se mostró contraria a las reformas incluidas en el Plan de garantías para la sostenibilidad del sistema sanitario público, que presentó la semana pasada el consejero de Sanidad en Madrid, Javier Fernández Lasquetty. Sus integrantes son contrarios a las medidas, que fueron adoptadas sin contar con la organización colegial y piden “que se retiren y se creen grupos de trabajo para estudiar otros planes”. Éstos coinciden con AFEM en que el plan supondrá “un deterioro en la calidad asistencial al producir una reducción de plantillas y una reordenación de los recursos humanos que va a suponer un despido encubierto de un gran número de médicos interinos y eventuales”.

Estas posturas se unen a los encierros y manifestaciones que vienen produciéndose en ocho hospitales de la capital desde hace una semana, cuando se anunciaron los nuevos ajustes. Primero fue el de la Princesa – centro puntero en investigación que la Comunidad de Madrid pretende convertir en geriátrico -, después el Carlos III – al que quieren transformar en institución de larga estancia – y más tarde otras tantas instituciones que se ven amenazadas por la privatización: el Hospital Infanta Leonor (Vallecas), el del Henares (Coslada), los del Tajo (Aranjuez), el Sureste (Arganda del Rey), el Infanta Cristina (Parla) y el Infanta Sofía (San Sebastián de los Reyes).

No cabe duda de que la sanidad en España, no sólo en Madrid, está en peligro. Y es deber de todos nosotros, del conjunto de la sociedad civil, hacer algo para remediarlo antes de que ésta se convierta en un mero recuerdo, llevándose consigo tantos años de esfuerzo y trabajo.

Todavía estamos a tiempo de cambiar el final de este cuento.

Saludos desde este lado del cristal.

ACTUALIZACIÓN (29/12/12): Después de cinco semanas de huelga, en la conocida como ‘Marea blanca’, los médicos madrileños han abandonado la huelga indefinida, aunque no así la protesta, tras la aprobación de la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos que abre la vía a la privatización del sistema sanitario. Cerca de 400 directivos de atención primaria, casi la mitad, están dispuestos a dimitir en bloque cuando empiecen las privatizaciones. De esta forma los sanitarios han optado por un cambio de estrategia, optando por vigilar las posibles irregularidades de la gestión privada, llevándolas a los tribunales en su caso, y usando las dimisiones en bloque como medio de presión. 

De acuerdo con el diario EL PAÍS y en referencia y en referencia a las declaraciones del presidente de Afem, Pedro González:

“Los paros han dejado por el camino 40.000 consultas suspendidas, más de 6.000 operaciones aplazadas, un 40% menos de altas, con lo que escaseaban las camas libres para ingresar a nuevos pacientes… Y un agujero importante en las nóminas de los médicos que han secundado todas las jornadas: el descuento por día de huelga va de los 150 euros a los 235, en función de la antigüedad. Con el cambio normativo ya consumado, los médicos cambian de rumbo, pero no descartan volver a convocar huelgas en enero”.