Año nuevo, mismas ilusiones y cuentos para pensar


Parece mentira, pero es cierto: hemos cumplido nuestra primera semana en el 2012.
De forma casi inapreciable y de manera sigilosa, los días han volado por las hojas del calendario hasta el punto de que la Navidad se ha ido antes de que nos hubiéramos dado cuenta de su llegada. ¡Qué locura!

Así que, aquí estamos una vez más. Haciendo balance de un año que dejamos atrás y proponiéndonos nuevas metas para esta nueva cifra que empezamos. La tan famosa crisis se ha notado, es verdad – sobre todo en las noticias de sobremesa que nos daban a conocer tal o cual medida del nuevo Gobierno o en los regalos y salidas de última hora -, pero ni si quiera ella nos ha podido arrebatar las ganas de ilusionarnos. Y es que si algo hay típico en estas fechas tan señaladas es precisamente la esperanza. Las ganas de comenzar nuevos proyectos, los propósitos que nos marcamos con la llegada de cada uno de enero como si de un ritual se tratase.

Pero pensemos un momento. ¿Cuánto duran estos objetivos? ¿Qué quedará de ellos cuando dentro de unos meses volvamos a alcanzar el 31 de diciembre? Probablemente nada y es lógico. Al fin de cuentas somos humanos y ya se sabe, nuestra especie es la única que tiene la facultad de tropezar una y otra vez contra la misma piedra, aún cuando haya un cartel que nos avise de su presencia en el camino. A medida que pase el año los buenos propósitos que pensábamos cumplir se diluirán ante la falta de tiempo o de voluntad y probablemente nos acabaremos sintiendo mal por ello cuando volvamos a echar la vista atrás con la llegada de la próxima Navidad.

Sin embargo, no quiero que me malinterpretéis. No estoy diciendo, ni mucho menos, que haya que dejar las aspiraciones a un lado, pero sí me gustaría abogar por que seamos más realistas a la hora de marcarnos éstas, que no nos torturemos estableciendo metas que sabemos que son imposibles de antemano.

Además, reflexionad, ¿por qué debemos dejar los sueños para un único momento? Tenemos doce meses a lo largo del año, ¡365 días maravillosos que podemos cargar de objetivos e ilusión! ¿Por qué relegar estas emociones a un único instante que dicta el el calendario? Cambiar de año significa cambiar de cifra, pero no tiene porqué representar abandonar nuestras ambiciones para empezar de cero, sino todo lo contrario.

Desde aquí os invito a que busquéis vuestras propias metas, aquellas pasiones que inflan vuestras alas y que se convierten en el impulso del motor que todos llevamos dentro. Me gustaría animaros a que os marquéis nuevos propósitos, sí, pero que éstos den sentido a todos los días de vuestra vida y no sólo a un nuevo año.

Para terminar, quisiera cerrar este post con el inspirador cuento de Jorge Bucay Las alas son para volar. Espero que os guste y que tengáis un feliz 2012.

Saludos desde este lado del cristal.

Cuando se hizo mayor su padre le dijo: «Hijo mío: no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes obligación de volar, creo que sería una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado».

-Pero yo no sé volar -contestó el hijo.

-Es verdad… -dijo el padre. Y, caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.

-¿Ves, hijo? Éste es el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás.

El hijo dudó.

-¿Y si me caigo?

-Aunque te caigas, no morirás. Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento -contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos, a sus compañeros, aquéllos con los que había caminado toda su vida.

Los más estrechos de mente le dijeron: «¿Estás loco? ¿Para qué? Tu padre está medio loco… ¿Para qué necesita volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?».

Los mejores amigos le aconsejaron: «¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol. Pero… ¿desde la cima?».

El joven escuchó el consejo de quienes le querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó. Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero, desgraciadamente se precipitó a tierra.

Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre.

- ¡Me mentiste! No puedo volar. Probé y ¡mira el golpe que me di! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno.

-Hijo mío -dijo el padre-. Para volar, hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar.

Para volar hay que empezar asumiendo riesgos.

Si no quieres, lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre.

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